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Recorrer el mundo mediante un atlas del Planeta Tierra

El viernes por la tarde, cuando salí de mi trabajo en una empresa que se

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Recorrer el mundo mediante un atlas del Planeta Tierra

El viernes por la tarde, cuando salí de mi trabajo en una empresa que se dedica al diseño de estructuras de acero,  me encontré con una ex novia mientras cenaba en una cafetería cerca del centro de la Ciudad. No habíamos terminado mal la relación, pero no tenía muchas ganas de hablar con ella y menos porque,  junto a ella, se encuentra a un hombre adinerado y pomposo que resultaba ser, más que obvio, su nueva pareja.

Con una sonrisa radiante se acercó a mi mesa y comenzó a preguntar por mi vida: ¿Dónde trabajaba?, ¿si seguía viviendo en el mismo departamento?, ¿si cuidaba de nuestro perro que ella no se había podido quedar porque se iría de viaje?, ¿si ya tenía una nueva pareja?

Sinceramente me sentí incómodo con su test y su entrevista, pero me sentí todavía peor cuando el señor se sentó a nuestra mesa y se pusieron a contarme que eran muy felices y que habían conocido el mundo entero juntos.

No me interesaba en lo más mínimo si  habían estado en Canadá disfrutando de las cataratas del Niágara mientras hacían un paseo en bote, tampoco me importaba mucho su recorrido por México, donde habían visitados todas las pirámides que posee el país y todas las playas de aguas cristalinas y arena blanca. No me interesaba su viaje por Sudamérica, por Machu Picchu y la forma en que bailaron samba en los festivales de Brasil, tampoco el cómo estuvieron en el fin del mundo, en el faro que se encuentra en la punta de Chile.

Al parecer ellos no notaban mi incomodidad, ella estaba muy feliz relatando con pelos y señas toda su aventura, sin importarle que se veía muy alzada y egoísta. Algo había cambiado en ella y me dolía el hecho de que esos viajes los hubiera realizado junto al hombre que tenía a su lado, en lugar de hacerlo conmigo.

Por dos horas continuó su travesía describiendo todos los castillos que había visitado en Alemania, en Irlanda y en España, el cómo le había propuesto matrimonio en la Torre Eiffel y su paseo por los viñedos en Italia; relataba con lujo de detalle el frío qué pasó en los países nórdicos y el cómo fue partícipe de las auroras boreales. Sin parar describió Turquía y la Tierra Santa, incluso sus aventuras descabelladas en Egipto. Mencionó su recorrido a pie por la muralla china y los conciertos a los que fue mientras estuvo en Corea del Sur. Concluyó con todas las locuras que hizo en Japón, el cómo presenció el florecimiento de la flor de cerezo y el cómo estuvo en una ceremonia del té junto a unas geishas en Kioto. No pasó por alto los canguros en Australia y la belleza de la naturaleza e historia en Nueva Zelanda.

Cuando terminó de contar todo eso, le pregunté cuál era el motivo de su plática, de contarme todo eso. Me miró mientras decía que yo le había dicho que quería que fuera feliz. Enojado me levanté de la mesa y la felicité por haber recorrido el mundo mediante fotografías y un atlas del planeta Tierra. Los dos me miraron con la boca abierta y salí del café. Se lo tenían bien merecido.

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