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2017January
  • Las causas

    Hace poco fuimos mi esposa y yo, junto con unos amigos, a una exposición de muebles de todo tipo y de todos lados, encontrando desde sofás modernos del 2017, hasta muebles del siglo XVII, todos y cada uno de ellos puestos en su contexto original, dando así un aire de veracidad en todas las salas.

    Cada tipo de mueble tenía también su respectiva sala, donde se utilizaban accesorios decorativos de todo tipo para recrear las demandas de ese tiempo en particular, además de aumentar esto al agregar aromas de varios tipos, de acuerdo también al periodo histórico.

    Uno que me llamó especialmente la atención, fue la sala correspondiente a los años de la Primera Guerra Mundial, en gran medida debido a sus artículos de comunicación que había, como telégrafo, máquina de escribir, teléfonos de una oreja y todo aquello que hizo en algún momento un lugar mucho más pequeño y accesible.

    También había un armario abierto, donde había toda la ropa que habría tenido un hombre y una mujer en aquellos días, prendas que a mi punto de vista reflejaban el espíritu de la época de formalidad, rigidez, puntualidad y poca flexibilidad.

    Estos valores también son un sinónimo de las causas de aquel gran conflicto, como fue el militarismo, nacionalismo, armamentismo y alianzas formales.

    La última década previa a la Gran Guerra, se vio caracterizada por una gran competencia entre todas las naciones de Europa por obtener el primer sitio en fuerza, para después ser transmitido en adquisición de territorio.

    Esto comenzó por una Alemania celosa de Gran Bretaña y Francia, quienes literalmente tenían casi el mundo entero bajo su control y Alemania tenía tan solo su país y un par de territorios irrelevantes en el África oriental.

    A modo de poder conseguir esto, el Keiser Wilhelm II decidió que era imperativo construir una gigantesca flota para poder rivalizar con aquella de sus primos ingleses (la reina Victoria era su tía), por lo que comenzó inmediatamente un programa industrial mayúsculo.

    Este programa industrial no pasó desapercibido e inmediatamente causó que todos los poderes de Europa comenzaran a hacer programas de la misma naturaleza y no restringidos solo a fuerzas navales, sino a la producción masiva de todo tipo de armamento.

    Estos esfuerzos también impulsaron a los distintos países, reinos e imperios de Europa a formar alianzas estratégicas para poder contrarrestar a sus enemigos.

    Alemania fue la primera en tomar este paso y formó una alianza con Austria-Hungría e Italia, tomando control absoluto del centro de Europa.

    Debido a esto, Rusia pidió una alianza con Francia e Inglaterra, para poder contrarrestar aquel peligro, ya que los franceses tenían contacto fronterizo con Alemania e Italia, mientras que Gran Bretaña dominaba el Mar del Norte y el Mediterráneo amenazando así a los aliados del eje por todos lados.

    Cuando el emperador Franz Ferdinand fue asesinado, Austria-Hungría declaró la guerra a Serbia, por lo que Rusia tuvo que intervenir; consecuentemente, toda Europa automáticamente entró en guerra.

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  • El cambio militar en los años 80

    El día de ayer, después de asistir a cita con unos proveedores de etiquetas digitales para nuestro negocio, llegué a mi casa un poco más temprano de lo normal, por lo que prendí la televisión y vi un documental de la Guerra del Golfo, también conocida como Operación Tormenta del Desierto, la primer operación militar de carácter totalmente moderno y que mostró al mundo lo que las armas modernas pueden lograr.

    En la década previa a los años 90, es decir, en los años 80, el mundo había visto el principio de la modernización absoluta del modo de ejecutar operaciones militares, cambiando radicalmente el modo de operaciones de la posguerra.

    La clave de esta evolución y lo que la impulsó como la máquina de vapor a la Revolución Industrial fue la implementación de misiles de mediano y largo alcance en el campo de batalla, un nuevo sistema que a su máxima capacidad podría derrotar a un ejército enemigo sin enviar ningún soldado al campo de batalla y contra el cual la mayoría de los ejércitos del mundo nunca tendrían defensa alguna.

    Sin embargo, en la década de los 80, este sistema apenas comenzaba y no podía ser utilizado por sí mismo, es decir, sin la ayuda de la maquinaria militar convencional.

    En la Guerra de las Malvinas, donde se enfrentaron Gran Bretaña y Argentina en cielo, mar y tierra, vimos el comienzo del poder de los misiles para destruir sus objetivos; el más temido de ellos era el misil de fabricación francesa Exsocet, con el que los argentinos hundieron al HMS Shefield y con el cual los británicos hundieron desde un helicóptero al submarino argentino Santa Fe.

    Aunque estos misiles de alta capacidad de destrucción tenían la habilidad de buscar e impactar a sus objetivos por guía de calor, tenían sus limites en cuanto a radio de distancia, siendo efectivos a un máximo de 200 millas, además de servir solo para impactar y destruir maquinaria de guerra y no para destruir blancos neutrales de infraestructura que no produjeran calor.

    Todo esto cambiaría en el año de 1983, cuando el misil Tomawak entra en servicio, creando un parte aguas en la tecnología militar y cambiando el curso de la guerra para siempre.

    A diferencia del Exsocet, que solo podía buscar y destruir un objetivo que produjera calor y solo a una mediana distancia, el Tomawak podía buscar y destruir cualquier objetivo sin que produjera calor y a casi cualquier distancia y es guiado desde un Centro de Comando, por lo general establecido en algún buque o submarino para poder tener mucho mayor flexibilidad de maniobra.

    Aunque este misil fue diseñado casi en su totalidad para buques de guerra y submarinos militares, es posible también instalarlos en aviones de combate y en helicópteros como el Black -hawk  y Apache, para destruir blancos importantes, incluyendo infraestructura como puentes, carreteras, caminos, presas, fábricas y hasta bunkers en algunos casos.

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  • El ABC para la compra de un colchón

    Hoy en día existen tantos tutoriales como actividades se nos ocurran hacer (o casi). La abundancia de artículos, infografías y videos nos lleva incluso a preguntar si realmente es necesario contar con tantas instrucciones o si es que somos tan inútiles como para necesitarlas todas.

    La verdad es que si bien podemos exagerar con la creación de este tipo de contenidos, cualquier cosa que hagamos podemos hacerla de forma regular, adecuada o excelente y si queremos llegar a la última categoría, en muchas ocasiones necesitamos orientación, pues no todos somos expertos en todas las áreas.

    Si, por ejemplo, te dedicas a la fabricación o a la venta de colchones, seguramente el tema de nuestro artículo te parecerá banal. Pero si eres un cliente interesado en comprar un colchón y quieres que tu presupuesto rinda al máximo, tal vez querrás seguir leyendo.

    Un colchón es un artículo del que esperamos confort, calidad y durabilidad. Piensa que pasarás en él un promedio de ocho horas diarias –con suerte un poco más los fines de semana– y que de la calidad de tu descanso dependerán tu salud, tu rendimiento y tu estado de ánimo, entre otros factores.

    Por eso, elegir un colchón es una de esas cosas que debes hacer con nivel de excelencia. Para ayudarte en la tarea, te dejamos esta sencilla lista, con los aspectos que debes considerar al comprar un colchón.

    A. Tamaño

    En el mercado existen varios tamaños de colchones. Los más comunes son individual, matrimonial, queen y king size. El individual es el tamaño adecuado cuando tus hijos ya quieran y necesiten cama de “niño grande”, así como para los adolescentes y jóvenes.

    Si bien una persona adulta también puede estar muy cómoda en un colchón individual, el tamaño matrimonial, o incluso queen, puede ser favorable para alguien que se mueve mucho durante la noche o que al estar acostado prefiere estirarse a todo lo largo.

    Claro está que si duermes acompañado, las mejores opciones comienzan a partir del tamaño matrimonial.

    B. Estructura

    Los colchones también varían en cuanto a su diseño y estructura. Están los de resortes, que ya no se fabrican ni recomiendan mucho, debido a que se desgastan con rapidez y dan poca estabilidad; de hecho, son la pesadilla de quienes duermen con pareja, pues si alguno de los dos hace el mínimo movimiento, el otro lo sentirá irremediablemente.

    Los colchones de muelles son mucho mejores en este sentido, porque al ser independientes, las variaciones de estabilidad sólo se registran del lado de la persona que se mueve. También son más frescos, pues permiten una mejor circulación del aire.

    Entre los diseños y materiales más innovadores están el memory foam y el viscogel. Cuando ambos se combinan, dan como resultado un colchón que se adapta a cualquier tipo de complexión, conserva una temperatura cálida, sin llegar a ser agobiante y también resulta ideal para las parejas, porque los movimientos de un lado del colchón no repercuten en el otro.

    C. Dureza

    En función del material y la estructura, los colchones pueden ser duros, intermedios o firmes. En los últimos años se ha puesto de moda la idea de que lo mejor para la espalda es dormir sobre una superficie dura; esto ha llevado a que algunas personas prefieran futones o incluso tablas para dormir.

    Sin embargo, la dureza no es la mejor opción para todos. La mejor prueba para decidir entre un colchón suave, duro o intermedio es acostarse de espaldas, con las piernas estiradas; en esta posición, la columna debe sentir un soporte firme, sin que llegue a presentarse dolor; es muy importante que la columna no se curve.

    Otro factor importante para elegir la dureza adecuada es el peso. Las personas delgadas podrán estar más cómodas en un colchón suave o intermedio, mientras que para las personas robustas será preferible uno firme.

    Después de repasar este ABC, lo único que te queda es… ¡probar! Acuéstate en el colchón, gira, cambia de posición y descubre la pieza ideal, que te garantice los mejores sueños.

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